Una imagen y algo que decir
¿Vale una imagen más que mil palabras? Muchas veces sí pero también puede ocurrir que no. Como contaba Pedro Friedrich en la editorial, hoy más que nunca la multiplicidad de imágenes que nos llegan desde los medios puede agobiarnos y generar un acostumbramiento, indiferencia o pasividad no muy productivas a la hora de impulsar nuestra capacidad de reacción. Sobre esta foto tenemos algo que decir y también es mucho lo que podemos hacer.
Camino al noroeste de Formosa pasamos por el paraje salteño Los Blancos. Allí obtuvimos la fotografía de este grupo de hacheros. Una mirada superficial vería una tradicional fuente de trabajo rural. Trabajo temporario que por lo general se paga rápido y en efectivo, algo que no es habitual para muchos pobladores rurales. Hay un 90 % o más de probabilidades de que sea un trabajo en negro y que el joven que aparece en primer plano sea un chico que trabaja en vez de un alumno en edad escolar, motivo por el cual protegemos su identidad. A pesar de muchas leyes, convenciones y declaraciones que protegen sus derechos, más de 400.000 chicos trabajan actualmente en el campo en nuestro país. Si profundizamos podemos ver también un innegable, sistemático y descontrolado desmonte. La foto muestra como una especie arbórea “el Palo Santo” sufre una presión que pone en riesgo su continuidad como parte de uno de los ecosistemas más amenazados; el Chaco Seco. A la vez hipoteca uno de los pocos recursos que podrían llegar a ser sostenibles para muchas familias de campesinos tanto criollos como aborígenes Wichi y Pilagá.
Es sabido que sobre todo estos últimos han encontrado en el Palo Santo y otras maderas del monte una fuente complementaria para su desarrollo. No es lo mismo que caiga un árbol tras otro sin certificación y manejo alguno para ser convertido en un rollizo y luego en un exótico piso de madera perfumada que demanda un mercado internacional al que poco le preocupa nuestro patrimonio natural, que un recurso potencialmente sostenible al que mediante un trabajo artesanal se le brinda alto valor agregado, cultural y social. La realidad es dura. Incluso los mismos pobladores Wichi se dividen entre los que –obligados por las circunstancias- voltean árboles por una paga que es pan para hoy y hambre para mañana, y los que ven como una de las pocas posibilidades de tener un trabajo digno, productivo y permanente, desaparece progresivamente frente a sus ojos.